domingo, 18 de diciembre de 2005

King Kong, la octava maravilla del mundo

Peter Jackson puede hacer lo que quiera.

Solo él podría salir airoso del megarrelato de Tolkien, cambiar la fantasía heroíca para siempre, y solo él podía salir airoso del remake de un clásico y cambiar el cine espectáculo para siempre.


Solo tiene un defecto su King Kong: la duración. No es que se haga larga, todo lo contrario, pero personalmente me pasé el inicio de la peli pensando dónde estaba la magia del director de Nueva Zelanda.

El prólogo en NY, con Jack Black en plan quiero-hacer-mi-película sirve apenas para mostrar el excepcional trabajo de decorados infográficos y para descubrirnos, una vez más, a una inmensa Naomi Watts. Ella y King Kong son los mejores actores de la película, y digo actores en sentido literal, pues Kong interpreta mucho más que otros de carne y hueso (Andy Serkis tiene su mérito que debe reconocerse, como con Gollum)


Si ese prólogo me sobra un poco, o me sabe a poco, una vez el viaje comienza y el grupo llega a la Isla de la Calavera, la película se convierte en un espectáculo impresionante donde por fin reconozco al Peter Jackson de ESDLA, al Jackson enamorado del cine de aventuras, al Jackson que simpatiza con la Bestia y que se enamora (como toda la platea del cine) de la Bella.



Desde ese momento, la peli no tiene respiro. Es tal la cantidad de talento derrochado en cada una de sus escenas de acción, que no acaban sino que van a más, que dejan en pañales a las que ya hemos visto anteriormente. Las escenas remiten a clásicos de aquellas añejas pelis de aventuras con monstruos y bichos varios, a la saga Indiana Jones, a Jurassic Park, y a mil y un relatos de Verne o las pelis de Tarzán.



Tiene momentos terroríficos (indudablemente NO es una peli para niños) que alterna con otros realmente entrañables. El grado de prefección de Kong es tal que, al igual que pasara años ha con una criatura que buscaba su casa, nos emocionamos con él. La réplica que da Watts (recordemos, a la nada, o a Andy Serkis) sin duda contribuye a que todos no deseemos el final anunciado.

Es difícil destacar secuencias. Las persecuciones se agolpan sin descanso y las pausas están teñidas de melancolía.

En cuanto a la técnica, impecable, pero aún no hemos llegado a la perfección. Jackson lo quiere todo a lo grande, apelotona dinosaurios y humanos en el plano y no siempre la unión es perfecta. Los efectos han avanzado mucho pero aún hay cosas que no resuelven bien.



Al final, no desvelo nada, la Bella mata a la Bestia. A Jackson la Bella le sigue sonriendo y gracias a ello el espectáculo del cine aún nos depara sorpresas.