domingo, 16 de diciembre de 2007

MR. MAGORIUM Y SU TIENDA MÁGICA


¿Quién no recuerda cuando era niño y cualquier objeto corriente dejaba de ser lo que era para convertirse en el más fantástico juguete? ¿Quién no recuerda lo bien que lo pasábamos de niños cuando jugábamos sin más?

Leí o escuché por ahí que uno se hace realmente viejo cuando deja de soñar, de imaginar, de jugar. Recordad por ejemplo el Hook de Spielberg. Recordad a ese Peter Pan que crecía y se convertía en un estúpido adicto al trabajo porque había perdido su capacidad de soñar. ¿No nos pasa un poco esto a todos? ¿Acaso esta mierda de sociedad en la que vivimos no ahoga nuestros sueños, nuestra imaginación, nuestra capacidad de soñar?

Todo esto viene a cuento de una peli magnífica, maravillosa, emocionante y profunda aunque no lo parezca. Os contaré un secreto: la mayoría de veces son las obras en apariencia más simples las que más cosas nos dicen. Por eso, la historia de este Mr.Magorium, regente de una tienda mágica, de su empleada que olvidó sus sueños musicales por el camino de la vida, de un niño solitario que aún sueña, de un contable que quiere soñar, me ha llegado más que otras supuestas grandes obras alabadas por la crítica.


Mr. Magorium y su tienda mágica es ese lugar donde la gravedad no existe, donde un niño puede recuperar su sombrero saltando muy alto, donde los peluches nos eligen, donde un cubo de madera no es solo un cubo de madera. Es ese lugar donde con un sombrero nos podemos creer el rey y el bufón, donde con un libro que escribe un forzudo nacido en un sótano podemos imaginar mundos lejanos.

Es ese lugar del que nunca debimos irnos del todo, ese lugar que todo adulto debe conservar en un rinconcito de su cabeza para seguir adelante en este mundo.

La película es como una de Tim Burton cuando Burton las hacía así. Un prodigio de sensaciones, emociones, color y una excelente banda sonora de Alexandre Desplat. Y, por supuesto, un reparto ajustado, desde un entrañable Dustin Hoffman hasta una increíble Natalie Portman.

Lástima que dure tan poco y debamos volver a la realidad. Pero siempre que sigamos creyendo, que sigamos imaginando, soñando, jugando, seremos jóvenes. Ya sabéis, hay que creer en las hadas porque cada vez que decimos que no existen mueren cientos de ellas.