sábado, 28 de junio de 2008

LOS CRONOCRÍMENES

A veces en mis comentarios sobre películas suelo valorar más las intenciones que el resultado final. Con Los Cronocrímenes lo haré de nuevo, aunque el resultado final no se ni mucho menos malo.

Y es que la película de Nacho Vigalondo es habilidosa, la historia va ligando muy bien, y merece destacarse por las ganas de hacer algo diferente en el terreno de la ciencia-ficción casera y el suspense.
Su principal problema es su propia campaña publicitaria que puede provocar que algunos espectadores esperen algo que no ofrece esta modesta película y salgan decepcionados o pensando que les han engañado.

Los Cronocrímenes es una de esas historias que no pueden contarse mucho porque destriparíamos sus sorpresas. Solo diré como empieza: un hombre está tranquilamente en su casita de campo a la que recientemente se ha mudado. Coge los prismáticos y se pone a mirar el campo hasta que descubre a una chica que empieza a desvestirse. ¿Qué hará el hombre entonces? Pues acercarse más a ver qué provoca esa escena y, que duda cabe, apreciar mejor el cuerpo de la joven.


Y una vez se adentra en el bosque empieza el lío. Como su nombre indica el tiempo tiene un papel importante en la trama que arranca muy bien pero como suele pasar pierde un poco de fuerza aunque siempre interesa.
Me gusta mucho el principio de la peli, me mantuvo muy atento, y en todo momento es muy entretenida y te hace ir pensando en lo que ves.

La historia se va complicando hasta llegar a un final que puede ser coherente. Lo que ocurre es que mientras vemos por dónde van los tiros el espectador se monta su propia peli y llega un momento en que piensas que le será difícil al director salir del embrollo. De todas formas es un riesgo que se puede aplaudir.

A nivel visual, Vigalondo filma bien dentro de la modestia de la propuesta (no esperéis FX, son caserillos y pocos escenarios y personajes) aunque como actor (él mismo hace un papel) no sea la bomba. Otra cosa es Karra Elejalde, en una interpretación efectiva pero desconcertante, casi ausente, y la confirmación de que Barbara Goenaga es una de mis musas.

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