sábado, 8 de noviembre de 2008

LA BODA DE RACHEL


Las películas sobre bodas o celebraciones familiares varias siempre son un filón para el cine porque permite al espectador entrar en las vidas ajenas y emocionarse, divertirse o aburrirse como si se tratara de su propia vida.

La Boda de Rachel supone un cambio en la trayectoria de Jonathan Demme y confirma a Anne Hathaway, filias personales aparte, como una de las grandes actrices de la actualidad.
Demme se acerca al finiquitado cine Dogma pero creo que mejorándolo. Cámara en mano, con largos planos muy fluidos, música que se toca en directo, el director se acerca a esa intimidad de sus personajes con respeto y sobre todo con una búsqueda del realismo. Lo logra con nota alta. Lo accesorio o el artificio del cine quedan fuera de plano, o al menos se disimula muy bien, y a los pocos minutos la historia y sus protagonistas te atrapan.

La excusa es la llegada de una chica que se encuentra en rehabilitación de sus múltiples adicciones a la boda de su hermana. El reencuentro con su familia, con su vida anterior, hace que el drama pero también los sentimientos afloren. Nada nuevo, ya lo hemos visto, pero pocas veces con esta sensación de cercanía.

Parece como si realmente asistiéramos a esa boda (por cierto, ¡qué bonita!), como si fuéramos un pariente más que ve como la familia se mueve, como el pasado marca y como el futuro puede ser positivo.

Me figuro que tanto el director como el equipo y los actores lo pasaron bien rodando. Se nota que hay escenas de puro disfrute, solo por el placer de verlas y escucharlas, pero que no quedan postizas o alargadas. Funcionan.

Como toda la peli, como esa Anne Hathaway absolutamente arrebatadora, como esa Debra Winger aún impresionante. Como la sonrisilla que te deja la película al acabar que seca un poco la lagrimilla anterior.

1 comentario:

rrey dijo...

¡Debra Winger! ¿Ande te habias metio muchacha?