viernes, 20 de febrero de 2009

La depresión económica elimina de la gran noche de Hollywood fiestas y regalos



Unas lonas negras esconden la instalación de la alfombra roja de los ojos de los turistas en Hollywood Boulevard. Sólo en su acceso al teatro Kodak se puede observar algo de la obra, que en realidad no difiere en nada a ediciones anteriores: pérgola contra la lluvia, estatuillas gigantes, operarios tirando líneas de cable y afianzando las gradas para prensa y público... Sin embargo, el secretismo es palpable en cada uno de los actos previos a los Oscar de la Academia. Y más aún todo lo que implica el escenario del Kodak. La culpa la tienen la crisis y el descenso de audiencia televisiva.


Desde que se iniciaron los preparativos, la Academia ha apostado por el secretismo como arma contra la brutal caída de televidentes que ha sufrido la gala en los últimos años. En concreto, en la pasada edición sólo la vieron 31 millones de personas, y eso preocupa a Sid Ganis, presidente de la Academia, que ha asegurado en repetidas ocasiones que esta edición será diferente, todo sea para defender los 40 millones de euros que la cadena ABC paga a la Academia por la retransmisión de los premios. Sin embargo, las señales no parecen muy positivas. Por de pronto, desde la semana pasada se puede ver en la televisión y en los cines un anuncio de la gala dirigido por John Singleton que deja una sensación a videojuego de tercera. El presentador de la ceremonia, Hugh Jackman, aparece en un breve plano, y eso que el actor australiano es una de las apuestas del próximo domingo. Jackman ya ha asegurado que no hará chistes, que lo suyo no es la comedia, aunque sí cantar y bailar, y por ahí pueden ir los tiros. El protagonista de Australia tiene un premio televisivo Emmy por su labor como anfitrión de la gala de los Tony, los galardones del mundo del teatro; y sabe lo que es triunfar en un musical en Broadway.


De lo poco que han confirmado Laurence Mark y Bill Condon (director de Dioses y monstruos y Dreamgirls), los productores de los Oscars, es que no sobrepasarán las tres horas de duración. Y con 24 premios, homenajes aparte, queda muy poco tiempo para más.


No habrá discurso cómico inicial. Se han fusionado la interpretación de las tres canciones candidatas al Oscar, y por ello Peter Gabriel, autor de Down to Earth, de Wall-E, ha rechazado actuar, aunque sí estará en el patio de butacas. Puede que ese medley lo entone Jackman. Habrá también un vídeo realizado por Bennet Miller (Capote) y el escenario ha sido diseñado por David Rockwell, el arquitecto responsable del teatro Kodak, con una línea muy marcada por lo kitsch. Algunos presentadores no pasearán por la alfombra roja para aumentar la sorpresa de su salida al escenario, aunque, ya que entre los candidatos no hay mucho tirón para el público adolescente (al que, vistas las encuestas, no le ha hecho mucha gracia el ninguneo a El caballero oscuro) sí estarán en el show Robert Pattinson (Crepúsculo) y Zach Effron (High school musical).


La crisis también ha alcanzado a las fiestas, reducidas a la mínima expresión. Ni Paramount ni Warner celebrarán sus tradicionales homenajes a sus candidatos. Sony Classics ha reconvertido su festejo en una cena en el restaurante Celloni's. No habrá bolsa con regalos de cortesía en casi ninguno de los saraos hollywoodienses. Agencias de representantes como William Morris han decidido anular sus recepciones, mientras que otros las han trasladado desde clubs y restaurantes a las casas de los jefes (como CAA o Endeavou). Nadie quiere aparentar de más cuando los datos económicos ofrecen pocas alegrías a la clase media estadounidense. También serán los primeros Oscar de Barack Obama como presidente, pero estos días poca gente lo recuerda. Poca, excepto un tío Sam afroamericano que arrastra una silueta de cartón de Obama a tamaño natural y que se deja fotografiar por un puñado de dólares a la puerta del teatro chino de Grauman. Otro que se suma a la fauna habitual de marilyns, batmans, king kongs y capitanes Sparrow



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