miércoles, 25 de marzo de 2009

Un crítico relata la educación de su hijo adolescente con películas


Que las películas han construido nuestra educación sentimental es una verdad ampliamente aceptada. Más raro es que se hayan convertido en material pedagógico para un adolescente problemático y muy aburrido con los estudios.

El experimento lo llevó a cabo el crítico de cine canadiense David Gilmour hace unos años cuando su hijo de 16 años, Jesse, empezó a zozobrar en el instituto. Su alternativa a las malas notas fue un trato poco común: aceptar que el chico dejara los estudios, admitir que no trabajase y, por lo tanto, que no aportase dinero a la economía paterna –lo que tiene su mérito porque Gilmour estaba en aquel momento en paro–.
A cambio, el muchacho debía apartarse de las drogas y... ver junto a su padre por lo menos tres películas a la semana. «El cine era una de las pocas cosas que emocionaban a mi hijo y lo aproveché para fomentar ese resquicio de interés por el mundo», recuerda.

La historia de los tres años en los que Gilmour ofreció a Jesse tiempo para descubrir lo que quería hacer en la vida se cuenta en Cineclub (Reservoir books / Empúries), un libro de no ficción al que ha intentado imprimir «un aire de novela» y que no intenta convertirse en un manual de autoayuda. «El cine fue la herramienta que me permitió sacar a Jesse del infierno del aburrimiento, algo que yo también viví en mi adolescencia, pero es un sistema que nos sirvió a nosotros, no estoy muy seguro que le pueda servir a otros».

A lo largo de tres años, padre e hijo vieron muchas de las películas que cualquier cinéfilo se llevaría a una isla desierta como Los cuatrocientos golpes, El padrino II –«que hoy por hoy es mi película favorita y la de mi hijo también»–, Annie Hall, Lolita, ¡Qué bello es vivir!, La semilla del diablo, Desayuno con diamantes. Pero también algunas cintas que jamás pasarán a la historia del cine como Showgirls, «una de las peores películas jamás filmadas», o Pretty woman: «No quería convertir a mi hijo en un esnob, sino transmitirle mi creencia de que para ser un gran amante del cine debes ser capaz de disfrutar con una película espantosa». «Tienes que reconocerlo, papá. Es una gran película», dice Jesse emocionado tras ver Instinto básico.


Pero la verdadera finalidad del cine club de Gilmour está en otra parte. «Lo importante fue la convivencia, las horas que mi hijo y yo permanecimos conversando en el porche de casa. Las películas fueron una mera excusa. Estoy convencido de que el muchacho que tiene cerca a su padre no busca ese modelo en el jefe de la pandilla callejera, por ejemplo. Y, lo más importante, creo que no es bueno que la relación entre padre e hijo sea de camaradería. Para el padre eso puede ser algo grato, pero el hijo necesita otra cosa».

Si algo aprendió Gilmour es que no necesariamente lo que te gusta a ti encandilará a tu hijo y que este acabará tomando su propio camino. «Una vez dije a David Cronenberg, que es uno de los directores más inquietantes pero también una de las personas más lúcidas, que criar hijos es como enlazar un adiós a otro: los pañales, la niñez, la casa. Él me respondió: sí, pero realmente ¿Llegan a despedirse alguna vez?».
Jesse --el libro no lo cuenta-- ha cortado amarras sin escapar del todo. A los 17 años hizo un curso puente que le permitió ir a la universidad, de la que también se cansó. Ahora ha terminado un guión de cine, y está formándose como actor. ¿Le gustó el libro a Jesse? «Él me animó a escribirlo, pero una vez terminado creo que no se reconoció».

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