domingo, 31 de octubre de 2010

WALL STREET: EL DINERO NUNCA DUERME

Parece mentira que grandes directores se conviertan con el tiempo no se sabe si por pereza o por qué extrañas causas en la sombra de lo que fueron. Oliver Stone posiblemente ha firmado algunas de las páginas más memorables de la historia del cine reciente y, míralo ahora, rodando un remake con muy poca gracia de su exitosa Wall Street.

Si la primera parte era un retrato de una época en la que se encuentran buena parte de los males de la nuestra, la segunda parte también quiere serlo o más quiere explicar por qué estamos donde estamos a nivel económico. Lo hace a través de una parejita feliz: él es un currante en Wall Street, ella es una periodista concienciada y la mismísima hija de Gordon Gekko, el protagonista de la primera peli que aquí acaba de salir de la cárcel.

Stone quiere ser técnico a la vez que sencillo y no consigue ni una cosa ni la otra. El vocabulario técnico y mucho de lo que se dice en la película se le escapará al espectador medio y las imágenes metafóricas de pompas de jabón o fichas de dominó desplomándose quedan un poco forzadas. Es como si un profe sabiondo nos metiera un rollo y luego nos lo hiciera fácil con dibujos animados, como si fuéramos tonticos.

Pero el problema de la película es que llega un momento que aburre. Porque se repite y porque Stone parece olvidarse de cómo rodar. Un tipo que siempre sorprendía por su talento visual se muestra aquí muy torpe, demasiado correcto. Tampoco ayuda el reparto. Salvo Michael Douglas, que disfruta como siempre, ni Sia LaBeouf ni Carey Mulligan están especialmente bien, él por soso y ella por excesivamente llorona.

Lo mejor: la escena entre Douglas y Mulligan en las escaleras del museo cuando él intenta reconciliarse con su hija. Por fin un poquito de emoción en una peli muy discreta.

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