sábado, 14 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS

Mi historia con Woody Allen, supongo que como cualquier espectador, está llena de encuentros y desencuentros. Un director que rueda tanto no puede dar obras maestras siempre y en algunos casos las películas que nos ha ofrecido son indignas de su trayectoria. Allen ha jugado esta vez sobre seguro, ha dedicado a París uno de los retratos más bonitos que nunca se han visto en el cine. Pero la película no es solo una colección de postales parisinas sino que también nos devuelve al Woody Allen mágico de otras propuestas.

El personaje de Owen Wilson vuelve a ser, o eso nos parece, un alter ego del director, un escritor de Hollywood que quiere escribir un libro de verdad, una novela. Durante un viaje a París con su prometida se encuentra de repente con que su sueño se hace realidad, la capital de Francia se convierte en el escenario en el que se aparecen sus más admirados talentos.

Confieso que el arranque de la peli me cuesta, por más que Allen nos sature de imágenes de París. Pero una vez se plantea la sorpresa del guión la película crece y no decae, nos deja una sonrisa permanente ante cada situación y se acaba de una manera muy especial. Allen en cierto modo recupera elementos de algunas de sus películas más afortunadas y se sitúa un poco como Trueba en Chico y Rita, encarnado en un personaje que le hubiera gustado ser, al menos durante un ratito. La película contiene también alguna que otra pulla contra los políticos conservadores, contra la burguesía americana, y nos acaba diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor, algo que la humanidad siempre ha pensado, pero que nos toca vivir en nuestra realidad y con ella tenemos que aprender a ser felices.

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