En un tiempo en el que vivimos inmersos en películas sin sentido, en cine sin alma, un tiempo que recupera una técnica antigua como el 3D simplemente como una manera de hacer más dinero pero que en contadas ocasiones se emplea con una finalidad artística.
Ha tenido que llegar un veterano, un hombre que ama el cine, que creció con él, que se maravilló con lo que le ofrecía la sala oscura, que aún hoy tiene presente a los clásicos cuando se pone a dirigir. Ha tenido que llegar el Sr. Martin Scorsese para enseñarnos cómo se usa el 3D y para ofrecernos un bellísimo homenaje al cine pero también para contarnos una bonita historias de hijos, padres, amistad y amor.
Al final del pase al que he asistido esta mañana de la maravillosa La invención de Hugo se han escuchado aplausos a los que me he sumado. No es que la peli sea una obra maestra rotunda pero nos ha llevado a lugares que creíamos olvidados, nos ha cogido desde el minuto uno y no nos ha soltado. Hemos sentido real esa estación, la ciudad de París, hemos tocado esas máquinas que Hugo admira y repara, hemos sentido la emoción por el recuerdo del padre y el recuerdo del cineasta Méliès por tiempos mejores. Hemos conectado con un reparto de excelentes actores, desde el primero al último, perfectos.

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