viernes, 17 de febrero de 2012

SHAME

Antes de ver Shame he leído muchas criticas que definen esta película como desasosegante (el adjetivo más repetido), incómoda, dura… En fin, estos comentarios nos sitúan ante una película inusual sobre un tema que aún hoy continúa siendo un tabú: el sexo. Para ser más específico, el sexo es la excusa, la válvula de escape, la adicción a la que el protagonista se aferra para no hundirse en una existencia vacía y carente de sentido.


Shame es una película que deja poso, que acaba y de deja una extraña sensación, que te provoca mientras la ves, que te fascina con sus imágenes o te cansa un poco con alguna escena demasiado alargada. Ese protagonista tan creíble, tan cercano, un tipo que se siente orgulloso o se justifica diciendo que tiene un piso y un trabajo, nos conduce por un descenso a los infiernos plagado de cuerpos sin alma, de polvos sin pasión alguna. Shame es curiosamente la película con más carne y más antierótica que he visto. La incomodidad que provoca el comportamiento del personaje, más que la escabrosidad de las escenas, que no la hay, hace que por momentos desees apartar la vista de la pantalla.

Pero sigues observando, contemplando ese mundo tan conectado pero al mismo tiempo lleno de gente encerrada en ellos mismos, adictas a cualquier cosa que les haga sentirse vivos en lugar de buscar el auténtico sentimiento. La relación que el prota tiene con su hermana, un personaje deseoso de cariño, problemático pero con ganas de seguir adelante y de superar sus errores, es de una crudeza brutal.

Shame es grande por Michael Fassbender. También por Carey Mulligan pero es que Fassbender compone un personaje escalofriante que evoluciona desde esa fachada de triunfador hasta la derrota de las últimas secuencias. Su trabajo es muy grande y el actor compone sin aspavientos un personaje que deja huella. Es un personaje que habla poco pero que dice mucho con sus gestos, sus miradas. Y eso es la vida y Shame captura un pedazo de ella con precisión casi quirúrgica.